Vinos criados bajo el mar 

Aumenta el número de bodegas que adoptan la enología submarina. Y también el grupo de aficionados y especialistas que ese apuntan a este proceso enológico bajo las aguas marinas.
Además de producir botellas sencillamente únicas —tanto en la forma como en la esencia—, los bodegueros submarinos también se apuntan al enoturismo. Para vivir esta experiencia, hay que se un consumado buceador y sumergirse a veinte metros o más de la superficie. En algunos casos, incluso, se ofrecen originales e intrépidas degustaciones bajo el agua.

Además de producir botellas sencillamente únicas —tanto en la forma como en la esencia—, los bodegueros submarinos también se apuntan al enoturismo. Para vivir esta experiencia, hay que se un consumado buceador y sumergirse a veinte metros o más de la superficie. En algunos casos, incluso, se ofrecen originales e intrépidas degustaciones bajo el agua.

El añejamiento submarino no es improvisado. Se inspira en pruebas con botellas encontradas cerca de naufragios ocurridos hace decenas o centenares de años. Sorprende que, al abrirlas, no han perdido cualidades olfativas ni gustativas y este ha sido el motivo para buscar alternativas a los clásicos lugares de guarda en bodegas tradicionales.

Los factores que favorecen este tipo de crianza son cuatro: presión y temperatura constantes (alrededor de los 14 grados); salinidad, ausencia de luz y ruido, y el movimiento suave y constante del oleaje. Los vinos que han reposado meses en el mar presentan una madurez precoz, pero no por eso menos armónica. El asunto de la salinidad, en cambio, es más bien una sugestión, porque las botellas que se adentran en las aguas —en jaulas bien protegidas— están selladas con lacre, ya que la filtración de agua salada resultaría completamente perniciosa. Muchas de las referencias submarinas emplean incluso tapones de cristal, más herméticos que los de corcho.

 El vino más radical de este proceso es Garum Submarino, hecho en Cádiz, con la variedad local Tintilla de Rota. Tras madurarlo 16 meses en barricas de roble, lo introduce en ánforas de barro para su posterior crianza sobre el lecho marino, durante doce meses, a doce metros de profundidad. La imagen de la vasija de barro plagada de lapas, restos de algas y moluscos se asemeja más a un hallazgo arqueológico que a un vino elaborado en pleno siglo XXI

Otra bodega que trabaja bajo el agua es Crusoe Treasure, de Cantabria. experiencia. Sus vinos gruesos y potentes aguantan mejor el vaivén del mar que los jóvenes y ligeros.

Otros reconocidos bodegueros que se han unido a esta nueva experiencia son : Viña Maris, de Alicante; Vinos Tendal, de La Palma (Canarias) El trabajo actual más audaz es el de Emmanuel Poirmeur, de Saint-Jean-de-Luz (Francia), quien ha ido un paso más allá, fermentando el vino bajo el agua durante más de un año. Sus caldos singulares y poco ortodoxos indican que este capítulo de la enología submarina apenas comienza. Tendremos que seguir esta nueva tendencia que puede ofrecer a los amantes del vino experiencias inolvidables.

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